domingo, 17 de mayo de 2009

LA ESCALERA DE COLOR

ERES…SOY

LA ESCALERA DE COLOR


La idea de los dos mundos tiene viejo abolengo filosófico. El punto de partida es la distinción entre lo patente y lo latente, y la posibilidad de transitar de lo uno a lo otro. La filosofía nace de la convicción de que no solo es posible que lo latente se revele y manifieste, sino que el hombre puede ir por sí mismo de lo patente a lo latente, descubrirlo, manifestarlo, mediante la razón. Este es el sentido originario de alétheia, verdad. El famoso fragmento de Heráclito: “El camino hacia arriba y el camino hacia abajo es uno y el mismo”, tiene singular alcance filosófico.
Los griegos interpretaran pronto esta distinción entre los mundos como “mundo sensible” y “mundo inteligible”. El mundo sensible se interpretará también como visible (horatós). Lo decisivo será la probabilidad de tránsito del uno a otro, y que esto pueda acontecer en los dos sentidos, por manifestación de lo latente o por acción humana, desvelamiento y no pasiva revelación
Es evidente la conexión entre estas ideas filosóficas helénicas y la situación cristiana ante este mundo y el otro; es innegable la proyección sobre la perspectiva cristiana de conceptos ajenos. Y esto viene reforzado por la interpretación, quizá apresurada, como lo “natural” y lo “sobrenatural” consecuencia del capital concepto griego de Phýsis, que urgiría revisar con cuidado al trasladarlo al cristianismo.


Si queremos buscar un contexto estrictamente religioso en que aparezcan los dos mundos, hay que pensar en el Padrenuestro. En él se reza: “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”. Se pide que en la tierra, en este mundo, se haga la voluntad de Dios como se hace sin duda, en el otro, en el cielo. No existe declaración comparable de radical libertad humana. El cumplimiento de la voluntad divina en este mundo no es seguro, porque depende de la decisión del hombre, que puede oponerse a ella, y por eso se reza por ese cumplimiento (fiat voluntas tua).
En el cristianismo aparece la permanencia en este mundo como algo breve –incluso la existencia del mundo mismo está destinada a pasar-. El otro está más allá de toda fugacidad y participa de la gloriosa perfección. Sin ninguna duda la esperanza como virtud está radicada en tal planteamiento. ¿Qué ocurre hoy con la esperanza? ¿Por qué el hombre tiene esa necesidad imperiosa, casi enfermiza, de certidumbres evidentes?
Este esquema conceptual, válido en sí mismo tiene que ser vivido e interpretado. En esa interpretación puede ser frecuente la desvaloración de este mundo, el desdén por él. El concepto homo viator, en sí mismo legítimo y valioso (somos realidad inacabada en todo ahora) puede relegar la realidad de este mundo a un mero tránsito hacia el otro, al que propiamente “se pertenece”.

¿Es esto justo? ¡Cuidado! se puede caer en el desprestigio de la creación. La desvalorización del mundo, de esta vida, de sus valores, ha sido una tentación permanente. En la historia del cristianismo el influjo neoplatónico, ha tenido y tiene un prestigio que habría que justificar con cuidado.
Este mundo ha sido habitado por Dios hecho Hombre. Asumió la condición carnal, la mundanidad, la convivencia, la historicidad… El desprecio de este mundo envuelve un menosprecio de la Encarnación, es decir, del núcleo central del cristianismo. El sacrificio divino no es solo el rebajamiento de esa condición suprema, el sufrimiento aceptado. Su sentido depende de su finalidad, que es precisamente la redención, la deificación del hombre y de su vida.
Este mundo aparece como condición del otro, pero no un mero trámite. Dios habría podido situar al hombre en el otro mundo, en el cielo, eludiendo todas las dificultades, miserias y riesgos de su vida terrenal. El hombre hace -su vida- con las cosas. La vida terrenal en este mundo aparece como ejercicio de la perdurable. Consiste en decidir ahora quién se va a ser siempre.
Esto muestra la excepcional importancia y gravedad de esta vida. El cristiano tiene la exigencia de vivir esta vida con la mayor intensidad y el máximo esmero.
Se ha proyectando injustamente sobre el cristianismo, una imagen bastante superficial al manifestar que esta religión consiste en un apartamiento del mundo, una orientación exclusiva al otro, un desinterés por lo presente (recordemos al famoso estilita de Buñuel llamado Simón mantenido en penitencia y de pie sobre una columna…).
Nada más falso en su mismidad. Láncese la mirada sobre el puesto que en la historia de la humanidad han tenido los pueblos cristianos. Independientemente del estado de la fe, de la vivacidad de la creencia, los pueblos condicionados por el cristianismo, han sido los más interesados por este mundo, por su conocimiento, exploración, transformación, orientación hacia lo que han creído valioso y deseable.
Precisamente la proyección hacia el otro mundo, la esperanza en él, en su perpetuidad para siempre, han hecho que para los hombres participantes de esta actitud haya tenido la máxima importancia ese mundo en que se han encontrado y que les ha sido confiado.


José Enrique López Alhambra

Profesor de Religión

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