jueves, 5 de marzo de 2009

“EL MUNDO AL REVÉS. CUANDO LLEGÓ EL HAMBRE”.

Cuando llegó el hambre, los campos y las fuentes se habían secado hacía tiempo y los hombres, en la plaza del pueblo, rumiábamos día a día la desesperación. Al fin, nos decidimos a emprender la marcha hacia el norte, donde todos decían que había prosperidad y trabajo en abundancia. Primero viajaríamos unos cuantos, Pedro, José y yo mismo, para abrir el camino, más tarde nos seguirían otros y, cuando fuera posible, las mujeres y nuestros hijos e hijas.

Durante la marcha encontramos a otros muchos como nosotros, de Andalucía, Cataluña, Madrid, de otros muchos pueblos y regiones. Hombres y mujeres que se habían quedado sin trabajo cuando cerraron las fábricas. Hombres y mujeres del campo, que ya no daba más. Todos, ellos y ellas, huyendo de la miseria. Pero las fronteras estaban muy vigiladas para impedir la invasión de los hambrientos. La mayor parte de nuestro dinero se fue en pagar a los guías que conocían los senderos más escondidos.

El miedo recorría la columna silenciosa que formábamos. Algunos, los más débiles, no llegaron. Otros llegaron tan sólo para toparse al otro lado con la policía que les mandó de vuelta. Unos pocos conseguimos pasar y nos encontramos perdidos en un país que no era el nuestro.

No sé cuántos días pasamos caminando, comiendo lo que encontrábamos en los campos, durmiendo al raso apretados unos contra otros, volviendo a caminar con la primera luz del día, escondiéndonos siempre, para llegar al fin hasta este lugar de nombre extraño. Aquí nos recibieron los que hicieron antes el camino.

Ahora pasamos los días en las plazas, esperando a que alguien nos dé trabajo y temiendo que llegue la policía. Vivimos hacinados en chabolas. Algunas veces, conseguimos trabajo para unos días o unas semanas. Son trabajos duros, que nadie más quiere, y pagan poco, pero con eso podemos ir tirando, malamente, y enviar lo que podemos a casa.

La gente de este lugar, de este país, nos mira con desprecio y temor. Les molesta el color de nuestra piel, nuestras ropas, nuestra lengua, nuestras costumbres diferentes. Dicen que somos vagos y ladrones. Temen que vayamos a quitarles sus oportunidades, su bienestar.

Y nosotros sentimos que todo es diferente a como nos dijeron. Nada es fácil aquí. No nos quieren. Y su forma de vida es tan distinta; no sienten, ni se divierten, ni sufren como nosotros. Y no dejan que nos acerquemos a ellos, que les conozcamos, que les mostremos cómo somos.

Pedro dice que un día de éstos vendrá un golpe de suerte y encontraremos un buen trabajo y podremos arreglar los papeles. Y entonces nadie nos rechazará, ni sentirán temor de nosotros. Y buscaremos una casa pequeña y traeremos a los nuestros que quedaron allí y empezaremos una nueva vida. Una vida mejor, una vida digna.

Hace algunas noches, un grupo de jóvenes asaltaron a José. Le insultaron, dijeron que violaba a sus mujeres, que vendía drogas a sus niños, que les robaba el trabajo.

Algunos dicen que éste es sólo el principio, que vendrán días más duros, que quieren expulsarnos a todos hacia el sur.

Hemos pensado levantar la voz, escribir una petición, apelar a quienes en este país pueden ayudarnos, a los gobernantes y también a quienes quieran escucharnos, contarles lo que nos pasa, decirles lo que esperamos de ellos, reclamar nuestros derechos como seres humanos, diferentes sí, pero iguales.

Creemos que una sociedad, un motor mejor para todos y todas sólo se construye en común. Hemos pensado que tú, que vosotros y vosotras podríais ayudarnos a escribirla.

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